Bienvenidos a nuestro pequeño rincón de fantasía donde la imaginación se convierte en el instrumento más valioso y los sentimientos cobran vida en los personajes de nuestras historias. Echad un vistazo y juzgad como os parezca. Ante todo, buscamos un diálogo con nuestros lectores, que compartan sus opiniones, que sugieran temas sobre los que escribir y que, si encuentran inspiración se animen también a escribir. Porque no hay nada más bonito que poder expresar tus emociones y que otros compartan los suyos contigo. Así que adelante, tiraos a la piscina.

9/7/14

La madriguera del Conejo Blanco I

La madrigera del Conejo Blanco


Primer capítulo


En primer lugar, enhorabuena por haber logrado llegar hasta aquí. Sin duda ha sido un camino largo y difícil y esperamos que el esfuerzo haya merecido la pena. Nos enorgullece que jóvenes como tú se hayan decantado finalmente por cursar estos estudios y nos gustaría corresponderte de la mejor manera posible. A lo largo de tus cinco años de formación dispondrás de los mejores profesores y tutores, todos ellos seleccionados por la OMP, plenamente capacitados para enseñar, aconsejar y en definitiva, convertir a los alumnos de hoy en grandes trabajadores del mañana. Auguramos un futuro mejor y más brillante cada día y confiamos en ti para que ayudes aportando tu grano de arena. Buena suerte y felicidades.

"Aquí concluye la grabación en directo de la presidenta de la OMP. A continuación aparecerá en pantalla la persona que le informara de lo que debe hacer. Espere un momento." – Un pitido silenció a la voz mecánica y sin vida procedente del televisor. La pantalla estaba en negro. Suspiré deseando que la espera no se alargara demasiado. Y no lo hizo. Al minuto volvió a encenderse y mi mirada se encontró con la de un hombre sonriente.

-Buenas tardes. Soy Ben Klein y soy el encargado de cumplimentar su ficha y cargarla en la red. En mi holovisor me aparecen todos sus datos pero si no es molestia no estaría de más comprobarla. Por favor, deténgame si escucha algún error. Liam Ryan hijo de Olivia Nolan y Ethan Ryan, hermano de Andrei Ryan. Nacido y residente en la provincia de Terlasca, Iberia. Ha cursado los estudios obligatorios y ha elegido continuarlos con la carrera de Psicología. ¿Todo correcto hasta aquí?
  • Si
  • Muy bien. Ahora sus particularidades mentales.- frunció el ceño y se le borró la sonrisa de la cara. Yo bajé la mirada y tragué saliva. Carraspeó y siguió hablando pero sin la alegría y el ánimo del momento  anterior.- Afinidad por las mujeres y... forlasita pero sin claras evidencias de que pueda suponer un peligro para la sociedad. Apto para una vida normal integrado en la comunidad pero sujeto a estudio y control periódico. Condiciones estables. Nada más destacable.- se hizo un silencio incómodo en el que el hombre no levantó ni un momento la vista del holovisor. Reaccionó y finalmente me miró.- Voy a cargar la información a la red y podrás acceder a ella a través de tu brazalete y utilizarla para identificarte a la hora de acceder a una nueva clase del curso. Como bien sabes solo tienes que pasar el brazo por la superficie negra que hay al lado de la pantalla de tu televisor y la clase se cargará inmediatamente. El horario prefijado es de ocho a diez. Puedes modificarlo si lo solicitas. Supongo que estarás familiarizado con la forma en la que se trabaja aquí. Te asignaré el tutor más adecuado para ti de acuerdo con tu personalidad, aptitudes y particularidades mentales. Lo conocerás mañana y lo acompañaras en su trabajo día a día como su ayudante. Tendrá la obligación de enseñarte los fundamentos básicos de la carrera y te ayudará a aumentar tu experiencia práctica en la que tendrás la oportunidad de probar la teoría aprendida durante las tardes. Mañana a las siete el brazalete te despertará y te dará las siguientes instrucciones. Hoy harás un exhaustivo test de personalidad certificado por la OMP que como he dicho antes ayudará a elegir el tutor más adecuado para ti y proporcionará al mismo información para una mejor educación. La clase de hoy consistirá en una introducción al campo de la psicología y sus aplicaciones. Ahora la pantalla se apagará y dentro de media hora, es decir, a las ocho, podrás pasar el brazalete por la superficie negra y empezar... buena suerte-
Apretó un botón de su holovisor y la comunicación se cortó. Suspiré y me eché hacia atrás apoyando la espalda en el suelo. Pasé unos minutos contemplando el techo. Pensando. Esto no iba a acabar nunca. Da igual lo que hiciera. Tenía en la frente la palabra raro grabada a fuego. "Forlasita". Eso es lo que soy. Un abandonado. Abandonado de la mano de Dios, de la protección de un ángel de la guarda. ¿Por qué yo? ¿Por que me tenía que pasar esto a mi? El correteo de mi hermano de cinco años me apartó de mis cavilaciones. Lanzó una especie de grito de guerra y saltó sobre mi estómago. Me doblé de la impresión y lo miré enfadado.
  • ¿Pero que haces?- Exclamé. Tenía una sonrisa amplia y una mirada inocente. Llevó sus manos a mis axilas y pretendió hacerme cosquillas. Yo me reí y se lo impedí rodeándole con mis brazos. Lo levanté del suelo y lo llevé hasta el sofá- ¿Crees que puedes vencerme en una batalla de cosquillas? ¿Eh pequeñajo? No me llegas ni a la suela del zapato.- Le hice cosquillas sin piedad mientras el se retorcía y se reía a carcajada limpia. En ese momento alguien entró por la puerta.
  • ¡¡PAPAAA!!- gritó Andrei. Se levantó corriendo del sofá y abrazó con entusiasmo las piernas de nuestro padre.
  • Hola hijo.- respondió sonriente mientras alborotaba el pelo del pequeño. Iba trajeado y con maletín. Apenas me dedicó una mirada de pasada y se fue a la habitación. Supongo que 12 años no son suficientes para aceptar que tu hijo tiene problemas mentales.

Cinco minutos antes de las diez y media mi madre nos llamó. ¡Chicos! ¡A cenar! Dejé los cascos sobre el escritorio de mi cuarto y me levanté. Me encaminé al comedor no sin antes recoger mi estuche de pipetas. Ya junto a la mesa donde estaban sentados mis padres y mi hermano me coloqué frente a la pared e introduje el estuche en un orificio situado al lado de la ventana. Pulsé un botón y pasé el brazalete de mi muñeca por delante del detector. Se escuchó un pitido y después un zumbido constante. Mientras las pipetas se rellenaban miré a través de la ventana. Ya había anochecido y las luces de las farolas y demás viviendas alumbraban la abundante vegetación de las avenidas. Vivíamos en un tercer piso, el último piso de casi todos los bloques de viviendas. Me costaba creer que antes los edificios llegaran a tener más de cincuenta. El césped del jardín se extendía desde el último peldaño que da a nuestro portal hasta el camino de baldosas del centro de la calle sobre el cual estaban las vías de las esferas móviles, el transporte en nuestra ciudad. La masificación del Antes debía de ser horrible. Otro pitido me avisó de que las pipetas estaban completas. Saqué el estuche del orificio y me senté en la mesa. En cuanto me senté todos abrimos nuestros estuches. Una fila de diez pipetas estaban colocadas en fila y verticalmente sobre una almohadilla, cada una con un liquido de diferente color en su interior. Cogimos la primera y vertimos su contenido en un vaso. La mía era de color rojo anaranjado. No tenía ni idea de lo que era. Lipidos, glúcidos, aminoácidos... lo esencial para alimentarnos, ni más ni menos. Cada uno con una dieta especifica de acuerdo con nuestras necesidades. Mi madre fue la primera en romper el hielo y además se dirigió a mi:
  • ¿Cómo ha ido la presentación? Me han dicho que este año la mismísima presidenta de la OMP os ha deseado buena suerte en vuestros estudios en directo.
  • Todo un detalle- dijo mi padre.
  • No ha llegado a un minuto de grabación. No ha sido para tanto- dije yo quitándole importancia.
  • Sabes muy bien que tiene muchas responsabilidades y una agenda muy apretada. Que a pesar de ello haya encontrado un momento para los nuevos estudiantes de grado dice mucho a su favor. Deberías estar agradecido.
  • Lo está. ¿Verdad, cariño?- interrumpió mi madre para suavizar las cosas.
  • Si, lo estoy- dije a regañadientes.
  • Bueno y ¿que te han dicho?
  • Han estado cerca de una hora repitiéndome básicamente lo que ponía en el folleto de información que nos dieron antes de elegir carrera. Aparte de eso me han hecho un montón de preguntas para conocer mi personalidad y así elegir al tutor adecuado para mí pero todos sabemos que no se lo van a pensar mucho. La lista es reducida. Me pondrán con otro forlasita como yo y de no haberlo con el más incompetente de todos. Así son las cosas. ¡Bendita República!- mi padre golpeó la mesa con el puño.
  • ¡Ya está bien! No te consiento que hables de ese modo. Si no vas a decir más que disparates mejor cállate- Apreté la mandíbula y miré al frente. Le di el último sorbo al liquido del vaso y eché la siguiente pipeta. Esta vez era de un color verde oscuro. De nuevo mi madre fue la primera en hablar.
  • Y tu cielo, ¿qué es lo que has aprendido hoy en el cole?- esta vez se dirigió al pequeño Andrei. Este que hasta ahora había tenido una expresión grave miró a su madre y volvió a sonreír.
  • La profe nos ha explicado que cosas nos hacen diferentes a los niños. Lo que nos diferencia a chicos y a chicas- se rió suavemente y siguió- que a algunos les gustan las chicas, a otros los chicos y a otros los dos... y también nos ha dicho que todos tenemos unas patica... partica...
  • Particularidades- le ayudo nuestra madre.
  • Si! Particularidades mentales. Y cada uno tenemos un tipo pero todos tenemos a un Eze en la cabeza- esta vez le tocó reírse a mi madre y a mi padre incluso se le curvó los labios hacía arriba.
  • Eze solo está en la tuya cariño. Pero es cierto que todos tenemos a alguien aquí dentro- se señaló la frente- que nos ayuda y nos protege siempre.
  • ¡el ángel de la guarda!- gritó emocionado Andrei.
  • Exacto y a ese ángel guardian lo llamamos hospe cuando es bueno y nemicus cuando es malo. Aunque no todos tienen la misma suerte- mi padre me miró de soslayo- algunos nacen sin nadie en la cabeza, tienen la mente completamente en silencio y lo único que pueden escuchar son sus propios pensamientos. Estas personas a menudo se sienten tan solas y abandonadas que se vuelven agresivas y muy violentas. Por eso los llamamos forlasitas, "abandonados" en esperanto. Y hay que tener cuidado con ellas.- Apreté los puños debajo de la mesa y me mordí la mejilla interior. Hubiera saltado para responderle pero le habría dado la razón. Haga lo que haga gana de todas formas y yo no puedo hacer mas que callar y seguir sentado. Odiándolo. Odiándolo con todas mis fuerzas. Es listo y manipulador. Y me desprecia. No dudará en hacerme daño porque para él no soy su hijo, soy un estorbo. Algo de lo que le encantaría deshacerse. Traté de serenarme todo lo que pude y conseguí decir:
  • Me terminaré el resto de la cena en mi cuarto. Buenas noches.- dije fríamente y sin mirar a nadie. Me levanté y fui a mi cuarto cerrando la puerta tras de mí.
Me tumbé en la cama y me coloqué los cascos subiendo el volumen de la música hasta niveles casi dolorosos. Amaba el ensordecedor sonido de las notas pero no por como llenaban el vacío o rompían el angustioso silencio de mi interior como pensaba mi padre sino por todo lo contrario, por como lograban callar mis pensamientos demasiado intensos y dolorosos para soportarlos. En poco rato el cansancio pudo conmigo y me dormí.

Un calambre en el brazo me despertó. Mi brazalete lucía con tonos verdes y azules parpadeantes. Toqué su superficie con el dedo índice y frente a mis ojos apareció un mensaje breve pero conciso:
" Tiene media hora para arreglarse y coger una esfera móvil. Su destino se cargará automáticamente. Prepárese para un día duro. Buena suerte."
Eso fue suficiente para despejarme. Estaba extrañamente entusiasmado. Hoy conocería a mi tutor y también lograría echar un vistazo de primera mano a lo que dentro de unos años sería mi trabajo. Me vestí rápidamente mi mono gris de estudiante, el elemento distintivo que comunicaba a los demás que solamente iba para observar. No era necesario que me prestasen ninguna atención, eso podría entorpecer su rendimiento laboral. Sería como un fantasma. Estaba más que acostumbrado a que mantuvieran las distancias conmigo. Era agradable saber que todos los estudiantes iban a pasar por eso. Cogí mi estuche de pipetas y al hacerlo vi los cascos sobre el escritorio. No recordaba habérmelos quitado. Otro calambre en el brazo.
"20 min"
Se tomaban muy en serio la puntualidad. Fui a la cocina a rellenar las pipetas pero no me encontré a nadie. Mis padres hacía una hora que se habían levantado y ya estarían cada uno en sus respectivos trabajos y Andrei en la guardería de guardia. Mi madre era médico científico y mi padre uno de los portavoces más reconocidos de la ciudad. Aunque no gracias a mi ya que había supuesto un descenso brutal en sus índices de popularidad. La noticia de que uno de los ciudadanos más respetados de la ciudad había tenido un hijo forlasita caló hondo y rápidamente en las mentes de los habitantes de Terlasca. Lo siento papá.

Nada más poner un pie en el andén el color de mi brazalete se volvió rojo y en el centro mostró el número dos, el orden de entrada a las esferas. Por la izquierda llegaba una de ellas, decelerando conforme llegaba a la plataforma. Eran cabinas de cubierta metálica y tono cobrizo con enormes ventanales y espacio para cuatro personas. Las puertas del compartimento se abrieron y sobre ellas apareció el numero uno. Las cuatro personas con el respectivo numero entraron sin vacilar. A los pocos segundos y con un chirrido metálico la esfera se puso en marcha y se marchó. Pude oír sin volver la mirada como alguien subía por la escalera y se colocaba a mi lado.
  • Hola.- dijo una voz conocida. Me volví. Era Sarah, una compañera de clase del curso pasado y de las pocas personas que a pesar de mi enfermedad me trataban con amabilidad, casi como si fuera una persona normal.
  • Hola.- le respondí con una sonrisa. Llevaba el mismo mono gris de estudiante que yo- ¿tu primer día?- asintió con la cabeza.
  • ¿Y el tuyo?- asentí también- No he estado más nerviosa en toda mi vida.
  • ¿A no?¿Y esa vez en primero cuando creíste que tu dulce Sylvian te había abandonado?- cualquiera se hubiera ofendido con el tono irónico que utilicé pero ella no. Ella era diferente. Puso una expresión entre sorprendida y herida y entre risas me pegó un codazo.
  • No te burles. Lo pasé muy mal. Por cierto, Sylvian dice que eres un capullo.
  • Lo que yo decía, la dulzura personificada... Mira, ya llega nuestro transporte.
Sarah se giró y observó la esfera aproximándose. Con el movimiento el mechón de pelo que ocultaba parte de su cuello dejó al descubierto una marca roja que continuaba hasta la clavícula y desaparecía bajo la ropa. Tragué saliva.
  • ¿Cómo está tu padre?- le pregunté. Me miró sobresaltada al tiempo que se colocaba el pelo sobre sus hombros ocultando de nuevo la herida. Bajó la mirada al suelo y dio unos pasos hacía las vías donde en ese momento frenaba la cabina.
  • Bien. Mi padre está bien... Muy bien.- Las puertas se abrieron y entró. Yo la seguí y otro hombre que esperaba con nosotros también. Sarah y el hombre se sentaron en los asientos de la izquierda y yo en uno de los de la derecha. Pasamos el brazalete por la mesa negra del centro y esta se encendió mostrando el mapa de la ciudad. Nuestra situación estaba señalada con un punto rojo parpadeante que comenzó a moverse junto con la esfera. Miré a Sarah. Tenía la mirada clavada en el horizonte. Habían pasado un par de años desde que denunció a su padre por pegar a su madre. Pero a pesar de sus esfuerzos para que se supiera la verdad la investigación no llegó a nada porque su madre lo negó todo. Ella entonces no tenía la edad suficiente para solicitar una casa e independizarse y ahora que la tenía podía imaginarse los motivos que la hacían quedarse. Hacía seis meses que su madre había dado  a luz a otro bebé, un ser indefenso y frágil que, sin duda, necesitaba protección. Podía entenderla y eso hacía que le doliera todavía más. Dejamos atrás viviendas, avenidas repletas de arboles, parques, el lago Sheen y la esfera hizo su primera parada frente a un edificio de oficinas negro y azul. El brazalete del hombre cambió de rojo a verde y este se bajó. La esfera se había puesto de nuevo en marcha. Nos habíamos quedado solos.
  • No quería...-empecé a decir.
  • No pasa nada- me miró a los ojos con expresión grave- De verdad, déjalo- Decidí no decir nada más. En unos minutos volvimos a parar. Esta vez fue el brazalete de Sarah el que se volvió verde. Miré por la ventana. Frente a nosotros estaba el Hospital Mayor, el más grande y preparado de todos.
  • Vaya. Así que al final vas a estudiar medicina, como querías. Enhorabuena. Me alegro mucho por ti Sarah.
  • Gracias Liam. Suerte en tu primer día.
  • Suerte a ti también- Y se bajó. 
El siguiente era yo. Me permití dejar de pensar en Sarah y preocuparme por mi. No sabía a dónde exactamente me llevaba la esfera. Había elegido psicología como carrera pero no era yo quien decidía cual iba a ser mi profesión. De eso se encargaban otros en mi lugar. Tenían entre sus variables el examen de personalidad, las calificaciones obtenidas en cursos anteriores, las distintas aptitudes y actitudes que poseo y la necesidad de un trabajador más en uno u otro lugar. Tal vez pasase a trabajar en una consulta atendiendo a gente con problemas, haciendo terapias matrimoniales... Eché un vistazo al mapa. Nos dirigíamos a la escuela. Puede que mi futuro estuviera ayudando y motivando a chavales así como evitando que los profesores cogiesen bajas por estres. No me disgustaba la idea. Me gustaban los niños. Todavía demasiado jóvenes para entender que es un "forlasita". Desde el vehículo vi la escuela a lo lejos y como se iba acercando poco a poco. Haciéndose cada vez más grande. Ya estaba casi a su altura cuando me había convencido de que allí estaba mi lugar. Y sin embargo, pasó de largo. Seguí mirando con cara de idiota la escuela que iba empequeñeciéndose por momentos. Me dí una bofetada mental. Idiota. ¿En serio creías que te iban a dejar a cargo de unos niños? Pero si no era eso. ¿A dónde me dirigía? Miré el mapa y después por la ventana. Hice lo mismo unas cuantas veces mientras observaba impasible como nos acercábamos a la periferia de la ciudad. No supe a donde me llevaba hasta que estuve tan cerca que se hizo obvio. La esfera se paró y mi brazalete se volvió verde. Las puertas se abrieron y despacio salí al exterior. Un soplo de aire fresco me dio la bienvenida y noté un escalofrío. Unos muros altos de hormigón rodeaban todo el recinto que se extendía metros y metros a ambos lados. En frente había una puerta grande de hierro y junto a ella a la derecha descansaba sobre la pared un cartel metálico donde se podía leer: PRISIÓN PSIQUIÁTRICA.
fin del primer capítulo
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