Muchas noches me imagino cómo se sentiría tu boca sobre la mía. Tu sabor dulce a fresa o melocotón, dependiendo de cual de tus dos caramelos favoritos hayas comido. Cómo sería morder tu labio inferior una y otra vez cariñosamente. Aunque ya sabes que yo prefiero salvaje, hasta el punto de hacerte sangrar. Veo (en mi cabeza) la manera en la que te tapas la boca ligeramente al reír; impidiéndome disfrutar al completo de las preciosas vistas de tu sonrisa. Revivo esa forma rápida que tienes de apartarte el pelo detrás de las orejas cuando estás inquieta. La de vueltas que habrás dado al piercing de tu oído mientras lees tu libro favorito envuelta en tu manta acolchada predilecta. Las tazas llenas de té que habrás rodeado con las manos y que tomas cada noche antes de irte a dormir. Ésas que calientas a conciencia para templarte las manos. La razón que nadie sabe por la que haces mover tu nariz como ninguna otra persona puede hacer. Las pequeñas arrugas al fruncir el ceño siempre que te enfadas por alguna de las estupideces que cometo cada día; aquellas que luego te hacen reír a carcajadas.
Sé a ciencia cierta que no tropezaré nunca con otro ser humano en la Tierra como tú. Que ni se humedecerá los labios sin sentido, ni se morderá las uñas inconscientemente, ni pondrá los pies cruzados, ni entrecerrará los ojos a la vez que se ríe, de la misma manera en la que lo haces tú. Estoy completamente seguro de ello. Al igual que lo estoy de que mañana te veré y desearé besarte hasta que se nos acabe el aire.
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