Esto era lo que oía desde el fondo de
la piscina. Nada. Absolutamente nada. Tan solo yo con mis
pensamientos. Cuanto desearía tener branquias como los peces para
poder estar sumergido durante horas. En cambio ha pasado un minuto y
ya tengo que subir a la superficie. Noto el aire en contacto con mi
piel y respiro de nuevo. Es liberador. Todos los problemas, todos los
quebraderos de cabeza los dejo ahí abajo. Se parece un poco a mi
vida. Conteniendo los impulsos hasta explotar, de igual modo que
contienes la respiración hasta que no puedes más y das tu ansiada
bocanada de aire. Es algo irremediable, tarde o temprano tienes que
acabar haciéndolo. O eso es lo que me esfuerzo en creer.
Justificando mis actos, convenciéndome de que es imposible pararlos.
Me inclino sobre el borde de la piscina y salgo fuera. Empiezo a
andar notando de nuevo el peso de la gravedad sobre mis hombros,
sobre las gotas de agua que se deslizan por mi piel y acaban por caer
al suelo y siento la necesidad de volver a sumergirme en la piscina.
Agarro la toalla y me la enrollo a la cintura. Abro la puerta de
cristal y la cierro tras de mí pensando en el día de mañana. Un
día como los demás, de contención, de represión... O tal vez no,
tal vez explote. Quien sabe.

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