Me gusta la noche. Espero con ansias el
momento que sigue a la caída del sol. Cuando sobre el mundo cae un
manto de irrealidad. Donde ocurren los sueños y también las
pesadillas. El momento idóneo para esconderse, para perderse. El
transito de la gente y de los coches se reduce al mínimo. Casi puedes saborear la idea de ser el único ser sobre la faz de la
tierra. Eso me permite pensar. El ritmo de mis pensamientos lo marca
el sonido de mis zapatos al golpear el suelo en cada una de mis
pisadas. Eso y mi respiración, acompasada. Casi logro escuchar el
latido de mi corazón. Una armoniosa orquesta en medio de mi caótico
mundo. Frecuento zonas de la ciudad apenas iluminadas. Muchas
personas temen a la oscuridad. Yo, en cambio, la busco como un recién
nacido busca el pecho de su madre. Hambriento. Al final la encuentro.
Aunque tal vez lo más correcto sería decir que ella me encuentra a
mi. Me hace preguntarme qué es lo que les asusta tanto. No puede ser
la oscuridad en sí. Negro. Tan solo es un color. Tal vez se deba a
lo que allí se puede esconder. Monstruos del armario, de debajo de
las camas. Criaturas sin rostro agazapadas en las sombras. La mente a
veces nos juega malas pasadas. ¿El hecho de querer sumergirme de
lleno en las tinieblas me convierte en uno de ellos? Un monstruo. Tal
vez si.

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