
No puedo moverme. Tengo que permanecer quieto. No debo desviarme un ápice de mi posición porque nadie puede asegurar lo que ocurrirá. Un viento gélido roza mi cuerpo y me hiela la sangre. El impulso de moverme es intenso pero debo reprimirlo.
Deseo calentarme con el movimiento, quiero moverme y huir de este lugar. Alejarme del origen de este malestar. Un profundo odio hacia todo y hacia mi mismo consigue asomar en mi conciencia. Consigue atormentarme hasta tal punto de querer desear romper el frágil hielo que me sostiene, que me mantiene con vida.
Todo a mi alrededor está desolado. No hay nada en las proximidades, tan solo la ínfima esperanza de que sea la niebla la que me este nublando la vista, la que no me permita ver más allá, la que me oculte todas las maravillas que se esconden detrás. ¿Pero por qué creer en algo que no tienes, que no has tenido y que no ves ni la posibilidad de conseguirlo? Esto es lo que conozco. Esto es lo que siento. Una desesperación profunda e incesante que amenaza con acabar conmigo. La desesperación de no poder moverme, la rabia que deriva de ella.
Y al fin escojo la opción que me parece correcta, la verdadera, la que me asegura una vida aunque sea una vida sin nada. Permanezco quieto y me engaño diciéndome a mi mismo que no estoy tan mal, que estoy viviendo.
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